reflexiones

Adiós a la Universidad – Universidad, sí

Francisco Marcellán, editor de universídad, subraya la necesidad de reflexionar sobre dos asuntos a menudo olvidados: los antiguos alumnos, y la jubilación.

Origen: Adiós a la Universidad – Universidad, sí

He retomado el título de este magnífico libro (que lleva por subtítulo El eclipse de las humanidades) de Jordi Llovet, catedrático de Teoría de Literatura y Literatura Comparada de la Universidad de Barcelona publicado en Galaxia Gutenberg hace unos pocos años y en el que narra su trayectoria vital universitaria desde 1965 hasta 2008, año en que se acogió a un plan de prejubilación de su universidad.

Al hilo de su extraordinaria narrativa, me han surgido unas reflexiones sobre cómo las universidades españolas sufren una importante fuga de conocimiento derivada no sólo de los jóvenes investigadores e investigadoras, que deben abandonar nuestro sistema de educación superior ante la falta de oportunidades de trabajo (que sí encuentran en universidades y centros de investigación en el extranjero) sino de dos vectores que me parecen importantes en nuestro país: el de los antiguos alumnos (los alumni), que a diferencia de los sistemas anglosajones de educación superior, no tienen ni formas ni medios para revertir su conocimiento profesional una vez abandonada la universidad, y el de los profesores jubilados bien por voluntad propia o por imperativo legal, cuyo conocimiento “desaparece” de la institución a la que han dedicado su trabajo vital durante largos años y que salvo las oportunidades brindadas como eméritos durante un breve período de tiempo, son retirados del espacio público universitario y deben retomar su capacidad creadora fuera de él.

Los alumni

En un sistema universitario, la experiencia de formación de grado y máster debería generar en los estudiantes una empatía natural con el centro en el que han adquirido sus conocimientos durante al menos cinco años. Algo falla en nuestro país cuando la identidad institucional de los egresados con la universidad en la que se han formado desaparece y, lo que es más grave, la propia institución universitaria no establece vínculos de los que puede “aprender” en base a la experiencia no sólo profesional sino también vital de dichos egresados. No sólo sirve para contrastar cómo los profesionales valoran su formación universitaria (al margen de las crecientes reglas de mercado y la comercialización del conocimiento) sino que también pueden ser utilizados como un input para reflexionar y mejorar los modelos de aprendizaje, no solo teóricos sino prácticos que configuran los diferentes currículos formativos. La revisión periódica de los programas (como elemento de rendición de cuentas y más allá de tasas de éxito y rendimiento) no debe estar en función de las necesidades académicas de los departamentos y grupos de presión universitarios sino que necesita elementos correctores que pongan al día los contenidos y criterios de los procesos de formación y aprendizaje y es en ese punto donde creo pueden incidir de una manera muy positiva los alumni. Se ha iniciado, aunque de una manera lenta, la configuración de espacios organizativos a través de asociaciones ad hoc, que deberían tener un mayor protagonismo en la vida universitaria como foros de pensamiento y acción en el seno de la institución. Incorporar la vida del mundo real a las estrecheces académicas constituiría un valor añadido no solo de cara a los alumnos sino también a la propia universidad. Su conocimiento del día a día  facilitaría la entrada de un aire fresco en los recintos universitarios tan necesitados de ideas innovadoras.

La jubilación

Estamos asistiendo a un proceso de recambio generacional en las universidades que tiene dos componentes importantes. Por una parte, mantener el músculo científico, cultural y docente de nuestras instituciones con la incorporación de jóvenes profesores, excelentemente formados en muchos casos y con experiencia internacional, a los que se debe brindar un futuro profesional no sólo con garantías de estabilidad en su trabajo sino con incentivos para que adquieran un mayor compromiso con la institución. Por otras parte, en los próximos siete años, la generación de profesores universitarios que empezó su carrera académica a comienzo de los años setenta del pasado siglo irá abandonando los centros, con una pérdida importante de saber hacer colectivo. Iniciativas como el Colegio Libre de Eméritos se complementan con el trabajo que desarrollan muchos profesores jubilados en Universidades Populares o de Mayores, o en otras iniciativas para difundir un conocimiento no reglado entre la ciudadanía.

Recuperar espacios de aprendizaje entre gente que quiere aprender y gente con conocimiento y experiencia que desea transmitirlo es una tarea en la que muchos profesores jubilados podrían desempeñar un papel fundamental y que se debería asumir por las universidades y grupos sociales que no pueden perder una ocasión única para incrementar la calidad democrática de nuestro país. Estos profesores brindan una experiencia básica para la mejora de los procesos formativos (complementándolos con los alumni antes señalados), tras una larga trayectoria “desde dentro” y a la vez sirven de referente para que las instituciones universitarias reconozcan una labor continuada cuyo valor no se puede perder de cara al futuro.

La propia consideración del emérito, situación al corto plazo, debería ser revisada en una normativa legal en la que priman consideraciones administrativas y burocráticas frente a la necesidad de aumentar la capacidad de generación de conocimiento por todos los medios posibles en unas universidades necesitadas de ideas y no refugiadas en la autosatisfacción y complacencia.

En palabras de Albert Camus citadas en el libro de Jordi Llovet, “el intelectual es quien opone resistencia a las corrientes del tiempo”. El propio Llovet indica que “oponer resistencia al estado actual de la enseñanza, en todas su fases, es casi una tarea utópica, pero obstinada para los que en ella creen”. De ahí la idoneidad de unas palabras de Samuel Beckett: “es menester seguir, no puedo seguir, pues seguiré”.

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